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Adios a un año Inolvidable I

ADIÓS A UN 2006 INOLVIDABLE (I)


Cierto que no comenzaba muy bien para el Sevilla FC 2006, pues Javier Saviola, por aquel entonces uno de los buques insignia del equipo, se lesionaba para un mes. Era un grave contratiempo, como también lo era el primer partido oficial del año. Fue en Copa y se cayó en Cádiz 3-2, un resultado engañoso porque sólo se lograron salvar los muebles a última hora. En la vuelta, una semana más tarde, el palo fue muy gordo, pues aunque con un gol bastaba para pasar a la siguiente ronda, se fue incapaz de batir al conjunto amarillo quedando fuera del tornero del KO, un duro golpe para todo el sevillismo. No obstante, el gol de escuela de Dragutinovic en el primer partido de Liga, con tremendo taconazo al saque de una falta, daba motivos para el optimismo. ¿O es que es normal ver a un central no extremadamente fino marcar un tanto de esa categoría? Desde luego, no.

El Sevilla comenzó con muy bien pie. Victoria ante el Málaga, traspié con escándalo arbitral en el Bernabéu, pero de nuevo dos victorias más, en Santander a domicilio y frente al que en aquel momento se consideraba un rival directo, el Villarreal. Cogía impulso el conjunto nervionense, que una semana después, volvía a ser bajado del pedestal por Osasuna, que ganaba 0-1 y dejaba de nuevo a los hispalenses con cara de tonto. En la siguiente jornada se disfrutó, en cambio, con una goleaba en sábado de Carnaval al Cádiz. Posteriormente, se derrotaba por la mínima al Celta. Se hablaba ya de aspirante a Liga de Campeones, aunque poco ayudó el tortazo de Montjuic. Se cayó por 5-0, en un partido en el que los de Juande recibieron un castigo que jamás merecieron.

En UEFA las dificultades se iban sobrepasando con relativa solvencia. El primer envite era frente al Lokomotriv de Moscú, por un puesto en octavos. El choque de ida, disputado a mediados de febrero, no gustaba, más que nada por el escenario, un campo totalmente impracticable. Pero a pesar de los pesares el equipo salió airoso con un esperanzador 0-1, fruto de la cabeza de Jordi López. El encuentro de vuelta fue un mero trámite: 2-0 y a octavos.

Tras el tremendo varapalo del Espanyol, el Sevilla pudo salvar con mucho sufrimiento, puesto que jugó gran parte del encuentro con diez, la visita del Athletic Club. Fue en un encuentro en el que Maresca, bendecido por el tanto, volvió a marcar y en el cual Kanouté seguía demostrando, diana incluida, por qué era un imprescindible para Juande Ramos. Sirvieron esos tres puntos para coger aliento cara al primer cruce de octavos ante el Lille en tierras galas, una dura piedra en el camino, que en aquel momento era el segundo clasificado de su liga. El envite en tierras francesas no fue muy alentador. Los nervionenses dispusieron de innumerables ocasiones para marcar, pero eran los locales los que se llevaban un gol de ventaja para el segundo round.

Seis días pasaron para el encuentro de vuelta. Entre medias se había perdido 2-1 ante el Alavés, en un partido que se empezó ganando y se perdió absurdamente, quizás a consecuencia de la competición UEFA. Lo cierto es que el miércoles 15 de marzo en el Pizjuán se jugaba algo más que un choque de fútbol. El Sevilla afrontaba su encuentro europeo nº 50 y de una vez por todas quería pasar la barrera de octavos en la UEFA. El campo a reventar y remontada épica con goles de Kanouté y Luis Fabiano. Éxtasis total que se confirmó con los choques venideros. A pesar del empate en casa ante el Mallorca, luego se gana a domicilio ante un Atlético enrachado y frente al Valencia. Estaba el equipo que se salía, nadie dudaba de que aspiraba a todo y en esas llega el 30 de marzo con la visita del Zenit a Nervión en el primer encuentro de cuartos. Fue el gran día de Saviola y del equipo en general. Los de Juande pasaron por encima de los rusos y lograron un 4-1 que dejaba cantado el pase a las semifinales.

La resaca europea no sentó muy bien porque el Betis se llevaba en su campo el derbi por la mínima, a pesar de que no se señaló un fragante penalti sobre Saviola en el descuento. Sin embargo, era cuestión de prioridades y sin duda la del Sevilla era seguir adelante en Europa. Con esas se presentó en San Petersburgo a principios de abril para lograr un empate en el Petrovski Stadium y pasar a la siguiente ronda. El problema es que le había tocado bailar posiblemente con la más fea, el Schalke 04. Después del subidón, llegaron varias jornadas agridulces. El Zaragoza sacó tajada el domingo de Ramos, llevándose un punto, que pudieron ser tres si no es por qué Maresca logró un gol in extremis con el tiempo cumplido. Punto para seguir sumando pero que a la larga pasaría factura.

Se aparcaba por un instante el sueño continental para seguir pensando en la Liga, en la que realmente poco se pensaba. El sábado de pasión no se pasó del empate en La Coruña, en un choque en el que dio la sensación de que el Sevilla podía pero no quería. Lógico, pues todo el mundo tenía la mente puesta en Alemania, donde el jueves 20 de abril se libraba el primer asalto por un puesto en Eindhoven. Casi tres mil aficionados acompañaron al equipo a tierras teutonas. El apoyo fue espectacular y todavía a los jugadores se les ponen los pelos de punta cuando recuerdan el recibimiento que tuvo el autobús del equipo cuando llegaba a las inmediaciones del Veltins Arena. En el choque, sin embargo, el gran protagonista fue Palop, quien salvó lo insalvable y dejó totalmente abierto el cruce, que se resolvería una semana más tarde, en un jueves de feria que pasara lo que pasara quedaría para el recuerdo.

Entre medias se tenía que jugar un decisivo encuentro ante el Barça. Pero la fortuna echó un cable. Los catalanes también se jugaban el pellejo el miércoles ante el Milán, luchando por entrar en la final de la Liga de Campeones. Era un partido que venía mal y el diluvio universal, con granizada incluida, que cayó sobre Sevilla fue recibido por ambos clubes con los brazos abiertos. Luego se dirían muchas cosas carentes de sentido, como que ese día en el palco del Pizjuán se cocinó el fichaje de Daniel Alves por el club culé, sí, ese mismo, que le metió hace varios días un golazo al Deportivo de golpe franco, pero con la camiseta del Sevilla, claro.

Y llegó el 27 de abril. El gran día. Lleno espectacular, hasta la bandera. Los transistores echaban humo en el Real de la Feria. No cabía un alma en Nervión. Y Puerta en el minuto cien, como los años que por aquel entonces tenía la Entidad, miró al cielo, dedicándole a su abuelo un gol que metía a su equipo en la final. El canterano, junto a sus compañeros había hecho historia, en un encuentro en el que incluso Makukula salió a última hora a defender un resultado que desató las lágrimas de cientos de miles de sevillistas que añoraban ver a su equipo jugar una final. Pues sí, la iba a jugar más de cuarenta años después y encima era europea.

A partir de ahí, todo fue viento en popa. Sumar, sumar y sumar. Primero contra la Real Sociedad, dando un importante paso para asegurarse la UEFA. Luego se ganó en casa al Getafe con tremenda facilidad y se pasó por encima del Málaga. Llegó por tanto la gran cita, el ansiado 10 de mayo, marcado en el calendario de todos aquellos a los que les late el corazón cuando oyen la palabra Nervión. Más de diez mil personas se desplazaron a Eindhoven, muchos de ellos sin entrada. Daba igual, ya la conseguirían allí. El Sevilla llegaba sobrado, pero las dudas persistían en el ambiente. 58 años habían pasado desde la última Copa y casi nadie se acordaba de esa gesta. Fue entonces cuando al presidente José María del Nido en la previa de la final le dio por contar un chiste. “Vamos a jugar en el campo del PSV. Y como bien indican las siglas, la UEFA "Pa Sevilla Va”. Puede que no provoque el despelote, pero lo cierto es que la guasa se hizo realidad pocas horas después. Luis Fabiano abrió el camino y Maresca llamó a la puerta de la gloria con el segundo en el minuto 78 y entró acto seguido logrando un inolvidable doblete. Finalmente Kanouté certificó una goleada histórica y dio el pistoletazo de salida a una fiesta inolvidable.

Decir que se echó media Sevilla a las calles para celebrar el primer título europeo que llegaba a Andalucía puede resultar excesivamente aventurado, pero lo cierto es que más de 200.000 personas el 11 de mayo colapsaban la ciudad para recibir al equipo campeón. Desde el aeropuerto al ayuntamiento, el autobús del equipo tardó casi seis horas, pues el increíble gentío le impedía avanzar con normalidad. A las tres de la madrugada llegó al estadio y allí le esperaban más de 35.000 nervionenses, que habían dejado a un lado trabajos y demás y sólo querían ver en el césped a su equipo con la Copa. Al grito de ‘Sí, sí, sí, la Copa ya está aquí’ se recibió a los futbolistas. Se montó una muy gorda, llegando el respetable al climax total cuando El Arrebato entonó el Himno del Centenario.

Pero quedaba más. No había resaca y el sábado se ganaba 3-2 al FC Barcelona. La clasificación a la Champions todavía era posible. El Sevilla recibía al Madrid. Si se ganaba y empataba Osasuna los hispalenses jugarían la máxima competición continental que ya disputaron en los años cincuenta. Desgraciadamente, los navarros ganaron, aunque eso no amargó la fiesta porque los últimos veinte minutos de la primera parte fueron eléctricos, sencillamente demoledores. No empezó muy bien la cosa. El Madrid se puso 0-2. Con todo en contra, el Sevilla sacó genio de campeón y le endosó cuatro antes del descanso, marcando el primero en el minuto 27. Realmente espectacular. Navas, Saviola en dos ocasiones y Luis Fabiano certificaron una nueva victoria que dejaba a los de Juande con 68 puntos en la tabla. Con esa cifra nunca nadie se había quedado fuera de los cuatro primeros, pero incomprensiblemente la excepción se hizo con el Sevilla. El goal average le dio la plaza a Osasuna. Era la única gota amarga de un vaso colmado de felicidad. Cuando terminó todo, ya durante la campaña de abonados, desde el Consejo de Administración se dijo que a pesar de la borrachera de éxitos, lo mejor estaba por llegar. ¿Sería verdad?

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